| |
|
SALSIPUEDES
Julio Edgar Méndez
“Debajo de un árbol, detrás de tus sueños, habita
el olvido. En medio del caos de tu alma, junto al séptimo sello, a la
luz del ocaso, pegado al fracaso de ser un fracaso, duerme en silencio
el león que es la noche”.
Así leía sus memorias en voz alta Polifemo Godínez,
mientras sus mejillas se arrebolaban al calor de las más de cien velas
con las que solía alumbrar su carpa. Carpa mugrosa, carpa amarilla
anclada a la tierra durante espacios cada vez más breves debido al
poco auge del circo “Hermanos Godínez”, en pueblos tan miserables como
el miserable espectáculo que presentaban. Atrás habían quedado los
años de buenos artistas, gran fausto al desfilar por las calles de las
grandes ciudades. Ahora se contentaba con sacar dinero suficiente para
comer al día. Un payaso chimuelo y su ayudante, la mujer biónica, (con
un ojo de vidrio y fea como robot); dos enanos que eran pareja gay; el
domador de bestias, (así le llamaba él a las mujeres), cuyo temor a
los animales era para dar más lástima que risa; el mago con su
asistente, ambos alcohólicos irredentos; y su único amigo, un
trapecista panzón con quien hacía mancuerna para volar por los aires,
componían el elenco del circo. Dos ayudantes más se encargaban de
alimentar a los mal alimentados animales: un oso flacucho, dos yegüas
que alguna vez fueron blancas, cinco perritos dizque amaestrados, un
elefante dormilón, una foca viejísima con cara de foco fundido, y la
estrella de la noche, un méndigo león grandote y malvado cuya fiereza
era proporcional al poco alimento que le daban y por esa razón se la
pasaba dando vueltas y vueltas a su jaula esperando algún incauto que
metiera la mano para poder completar su dieta. Todos los animales
vivían en condición de animales.
El poco ingreso de la taquilla, la que era atendida
por el hijo del payaso y la mujer biónica, apenas alcanzaba para mal
comer los humanos, así que a los animales les echaban las sobras de la
comida: bolsas de papel, servilletas usadas, huesos, y si acaso alguna
vez, cuando las cosas se ponían mejores, hasta un trocito de pellejos
para gato les echaban. Al león lo alimentaban con cuanto animalucho y
bicho atropellaran o encontraran muerto en la carretera, al fin que
para el hambre desmedida de la bestia, cualquier cosa era buena, y si
no, pues ni modo, porque nunca se quejó. Así que Polifemo ya no
esperaba mucho de la vida, a sus cincuenta y cinco años con cinco
meses y cinco días, hacía un recuento de su pasado y veía puros
borrones. Ya ni se acordaba cómo llegó a cirquero. Pero como dicen en
el negocio del espectáculo, el show debe continuar. Se acicaló sus
pocos pelos, se metió en las mallas mugrosas de trapecista y encima se
colocó una casaca tipo militar con medallas y toda la cosa, unas botas
altas cuyo brillo era debido a que eran de charol y no por limpias,
una chistera negra con el raso remendado y unos guantes
blancoamarillentos para completar el disfraz de anunciador. “¡Pasen a
ver al león!, ¡pasen a ver al león!”, gritaba en la entrada de la
carpa media hora antes de la función de las seis. A las ocho y media
habría otra función y luego, a comer lo que se pudiera y mañana otra
vez lo mismo.
Este pueblo se llamaba Tipijapa, más conocido como
Salsipuedes, debido a la fama de matones de sus habitantes, pero a
Polifemo y compañía, les tenía sin cuidado porque igual que en otros
tantos pueblos, a ellos nadie les molestaba, tal vez debido al hecho
de que ellos tampoco molestaban a nadie. Ahí estaba en la puerta
Polifemo gritando e invitando a la gente a pasar y quiso el destino
panzón, porque el destino nunca viene flaco, que esa tarde se llenara
el circo a reventar. Era tal la excitación de todos al ver las gradas
llenas, que se lucieron como nunca. El payaso Gomita y su esposa la
mujer biónica, hicieron reír a todos con los madrazos que el payaso le
ponía a su señora con un garrote de hule que sin embargo le dejó
marcadas las asentaderas a la pobre asistente, pero todo sea por el
espectáculo. Los enanos y sus mariconadas no fueron bien recibidas,
aunque a los niños siempre les divierten los enanitos, sobre todo si
como estos dos, tienen cara de babosos. Además de que a los niños las
mariconadas todavía no los ofenden. Polifemo y su gran amigo Atanasio,
volaron en el trapecio sin red desafiando las alturas y no por
valientes, sino porque la red la vendieron a otro circo en uno de
tantos apuros económicos, aunque la chismosa de la mujer biónica creía
recordar que fue más bien para seguir la borrachera del fin de año
pasado. Después, vino el mago con su asistente, una joven madurona y
rechoncha pero que, cuando se arreglaba y ocultaba sus lonjitas para
acumular carne en los senos, hacía las delicias de los rancheros que
nomás pelaban los ojos sin dar crédito al tamaño de semejantes
pechugas. Los trucos eran los clásicos de aparecer palomas y
desaparecer miserias, no era malo, pero en ese rancho malo o bueno era
lo mismo, el chiste era entretener a la raza con soeces y un poco de
carne al aire. Y para finalizar la tanda, el gran domador de bestias
(y animales), Tarzán de Veracruz, cuya sola presencia con látigo en
mano, bigotito engominado, uniforme de cazador y un par de ojos más
azules que el azul del cielo de Salsipuedes, puso a la mujeres en
estado de indefensión y más de una ya sentía en su piel los latigazos
de la reata de Tarzán de Veracruz. Ni cuenta se dieron de que los
pobres animales no es que obedecieran, sino que no se movían por la
inanición a que estaban sujetos. Excepto el méndigo león. Ese sí que
daba miedo, de sus ojos salían chispas, rugía con fuerza descomunal
para su poca alimentación y caminaba con agresividad. Cuando Tarzán
entró a la jaula con el animal, lo hizo rezando todo lo que se le
ocurrió, le temblaban las piernas, sudaba a chorros, el látigo lo
sentía caliente, y los ojos miraban al león como diciendo: “no seas
gacho, mira que es la primera vez en muchos años que tenemos casa
llena, no me hagas quedar en ridículo otra vez”, mientras con la otra
mano verificaba que la pistola que traía en la cintura no se hubiera
caído. El león le miraba fijamente, fascinado del atrevimiento de este
imbécil que solito se le ponía cada vez más cerca, ya no rugía, estaba
atento a cada movimiento de la comida vestida de cazador. En las
gradas, la gente se quedó callada, excepto los típicos machos de
pueblo que con sus chiflidos, se burlaban del domador. Pero las
mujeres hasta cerraban los ojos pidiéndole a San Antonio que nada malo
le pasara al Tarzán de ojos azules. Al fin el domador quedó frente al
león y éste, a la mejor por el calor que ya se sentía en la carpa, o
por el atrevimiento estúpido del hombrecillo, o por que de plano se le
antojó, no le hizo nada para sorpresa de todos y más aún, del domador.
Se puso junto al león y levantó los brazos en triunfo. El aplauso fue
ensordecedor, el show había sido malo, pero vistoso. Tipijapa se
desbordó a felicitar a los artistas.
La segunda tanda fue parecida y así durante los
cinco días que decidieron quedarse para seguir gorreando la comida y
las cervezas que la gente del pueblo se acomidió a brindarles. Todos
felices, menos el león de quien ni se acordaron. Los ayudantes y
encargados de mal alimentar a los animales agarraron una borrachera
infernal que duró toda esa semana y pudo haber durado dos más para la
cruda. Al león le echaban paja, al oso le aventaban gansitos, a las
yegüas de plano les dieron veinte pesos para que se compraran lo que
quisieran comer. Polifemo se henchía de gusto con sus estentóreos
gritos de: “¡pasen a ver al león!, ¡pasen a ver al león!” y el león,
con los ojos inyectados de odio viendo pasar la gente como borregos al
matadero, entrando de dos en dos a la carpa. La última noche del gran
espectáculo, los payasos se rieron del público, los enanos se
besuquearon entre ellos, el mago apareció de la nada una avioneta en
lugar de una paloma, y su mujer desapareció para siempre en brazos de
algún ranchero que quiso ver si esos senos lo terminaban de amamantar.
El gran Atanasio y su amigo de las alturas Polifemo, volaron sin red a
través del techo del circo sin saber ni cómo, y el león hambriento, el
león cuya compasión había devuelto la vida al circo y sus cirqueros,
terminó para siempre con su hambre al abrir de una patada la jaula mal
cerrada. Ni la pistola de Tarzán de Veracruz ni sus ojos azules,
pudieron evitar que el pueblo de Salsipuedes fuera borrado de la faz
de la tierra.

VESTIDA DE TUL
Julio Edgar Méndez
Era la muerte vestida de tul. Así la describió mi
tío, el hermano de mi mamá que siempre tenía historias que contar. La
bella mujer usaba una falda de organdí blanco que flotaba movida por
el roce del aliento de la luna que cada noche la seguía en su órbita
alrededor del miedo de los noctámbulos que vomitaban las puertas de
las cantinas y cabarets de arrabal que frecuentaba el tío Chucho. El
más famoso en aquellos tiempos era “Las Glorias de Pompeya”.
-Un día se te va a aparecer la llorona o el caballo
del diablo por andar de borracho y a deshoras de Dios. Le decía mi
abuela todos los días.
Esta cantaleta la tenía pegada al oído mi tío y
aunque nomás se reía, la verdad es que no dejaba de sentir un poco de
miedo, o cus cus como le decían entonces. Pero al tío le ganaban más
las ganas de tomar su pulquito, que el miedo a la llorona.
En aquella pulquería de barriada, todos eran
cuates, todos eran compadres.
-¿Y de veras compadre que nunca se le ha aparecido
la pelona? (Y no era albur, porque en aquellos tiempos no era tan
común la picaresca como ahora). Así hablaba el gordo parroquiano al
que todos le contaban historias porque era el único que medio las
entendía mientras babeaba y miraba con ojos biscos al tío Chucho.
-Pues no compadre -respondía mi tío mientras
soltaba un buen eructo pulqueríl- y la mera verdad ni quiero, yo no sé
porqué mi mamá se la pasa diciéndome esas cosas, hay veces que siento
como que alguien me sigue, volteo de volada y no hay nadie. No crea
compadre, de tanto escuchar la cantaleta de mi mamá ya mejor me recojo
más temprano, por si las moscas.
Aquella noche inolvidable comenzó a dos cuadras de
la pulquería . Mi tío se encasquetó su texana de fieltro gris y con el
paso característico de los borrachines que creen que van pasando
desapercibidos, cambió su ruta por primera vez en seis años. Iba en
pos de su destino. Lo primero que le llamó la atención, recordaría
después, fue el sonido uniforme y sensual de los tacones de unas
zapatillas. El suelo sin banquetas que era parte piedras, parte tierra
y parte cagadas de mulas y caballos, no era precisamente parejo como
para andar con tacón alto y menos caminando con tanta precisión. Pero
el tío, al ver el par de piernas que coronaban aquellas zapatillas y
con media estocada de más de tres litros de pulque gorgoreando en su
organismo, ni siquiera se puso a reparar en ese detalle. Siguió a
aquella mujer de larga cabellera rubia que ondeaba a cada paso como
las velas de una nave en el mar tranquilo. El chal de seda caía
delicadamente sobre los hombros de la rubia, ora le parecía azul
profundo, ora dorado y ora todo invitación a seguirla.
Mi tío no se percataba de que atrás quedaban las
mal iluminadas calles con sus farolas de luz pobre y que poco a poco
se adentraban en San Bartolo, el arrabal más miserable por la salida a
Santa Julia, rumbo al panteón municipal. La mujer seguía su paso de
cisne embrujador mientras que el pobre tío Chucho no hacía otra cosa
que fijar su vista en las caderas y la breve cintura que en vaivén
pendular lo hipnotizaban. Ahí iba el tío, todo turulato después de
dejar la razón y la lógica entre los meados desbordantes del canalito
pegado a la barra de las “Glorias de Pompeya”.
-Oiga mi alma, ¿por qué tan solita y a estas horas
tan oscuras? Soltó el
tío como un balazo. La mujer no contestó, pero se
detuvo en seco.
-No’mbre mi alma, si cuando Dios da, da a manos
llenas. Dijo mi tío todo entusiasmado. No se había dado cuenta de que
aquí y allá se veía una que otra cruz, una que otra lápida.
-Mire chula, no le hagamos al engabanado. Usted
dígame cuánto y ya le vamos poniendo.
La mujer soltó una risotada y en ese momento se
volteó de frente a mi tío que ya casi le ponía las manos encima. Los
pocos y canosos pelos de mi tío Chucho se le erizaron como resortes
mientras que sus ojos desorbitados contemplaban a la mujer. ¡Era la
muerte misma! Ojos descarnados, rostro de calavera sin dientes, un
hoyo insondable en donde debiera estar la nariz y un aliento para
derrumbar las ansias del más lujurioso. ¿Piensan ustedes que mi tío se
desmayó, se echó a correr y a gritar como desaforado? Pues sí, pero no
sin antes haberle puesto una tremenda madriza a la muerte que le había
cortado la borrachera y las ilusiones Don Juanescas. La agarró a
golpes y patadas mientras le mentaba la madre mil veces. Lo último que
recuerda mi tío Chucho de esa noche infernal es que salía corriendo
del panteón gritando a todo pulmón cuando una luz cegadora le pegó
entre sien y sien y miles de estrellas lo hundieron en la nada.
El hecho se siguió comentando durante muchos meses
posteriores, a raíz de la nota periodística sobre un tipo que fue
hallado desmayado afuera del panteón municipal con tremendo chichón en
el rostro, tirado frente al único postecito de luz junto a la puerta.
Dentro del cementerio, el pobre anciano velador fue
encontrado todo golpeado como santocristo junto a la tumba, !oh
sorpresa!, de mi bisabuela. Que en paz descanse.

DE LOMO, DE TINGA Y DE CABEZA
Julio Edgar Méndez
No es que estuviera tan gorda, sino que la
felicidad se le desbordaba por los cuatro costados. Ciento ochenta
kilos de pura alegría, si hubiera tenido un cascabelito alrededor de
su inmenso chamorro, aquella gorda lo hubiera hecho sonar cual
despertador.
Capitaneando el navío de su puesto de tacos, se
mueve con la gracia de ballenita. Simpaticona, con su rostro bonachón
maquillado al estilo de las estrellas de tevenovelas, siempre fiel a
los principios del cosmopolitan sin que las flacas modelos andróginas
mellen su ánimo en lo más mínimo ni en lo menos máximo. Al fin que
para ella el mundo no se contempla a través de un espejo sino del
rostro sonriente de cada cliente que le alaba sus guisos, sus salsas,
sus piernotas y senos oriundos del monte del Chichonal. Los ojos de
sus comensales le dicen lo que ella ya sabe: “estás buena gordota,
lástima que no tenga los tamaños pa tirarte los perros”. Esos perros
que mantienen los prejuicios latentes. ¿Cuántos hombres podrían
presumir a esa tonina con carita de ángel? Pero a la maja del comalón
todo eso le vale madres, ella se ríe, departe con machos y machas,
degusta su desayuno (el primero de tres) con la fruición de niño en
mamila evenflo, de esas con chupón anticólicos.
Aquella mujer era la musa de todos los glotones con
un gusto gourmet por los tacos de lomo, de tinga y de cabeza. Jamás
nadie le preguntó por su vida privada, sus quehaceres after hours,
sueños y amores que en su caso debían ser bastante grandes y pesados.
¿A quién pitos le importa lo que hace una gorda con su tiempo libre?
Sin embargo, a Marianelo del Niño Jesús le importaba. Y mucho.
La mira despacio, relamiendo su bigote de perro de
aguas, saboreando mentalmente cada corte fino de la epidermis (la
mucha epidermis) de su amor secreto.
“Quién fuera delantal para estar sentadito en esas
piernotas”, piensa con lujuria el carapendejo de Marianelo. Y pide
otros dos con todo. Los besa como besando los cachetes de la taquera
que deben saber a salsita martajada en molcajete. Cuando se los baja
(los tacos, no los calzones) con un boing de tamarindo, imagina que le
chupa los pezones que seguro son como monedas de a cien de las antes y
a lo mejor hasta saben igual. A plata caliente, a héroe de la nación,
a manos y manos que vuelan atrás en el tiempo. “¡Ay gorda!” ¡qué
cojidotas le bullen a una cuarta del ombligo a Marianelo.
Dicen que hasta el acero se quiebra a fuerza de
tiempo y constancia, cuánto más fácil fue que la gorda Marilú se
quebrara. Marianelo le fue llegando suavecito: “oiga usté, qué ricos
tacos, qué salsas, que mano tan suavecita, casi ni se sienten los
callos (y ni siquiera se alcanzan a ver las uñas), póngame otros tres
de cabeza, no, no se ría, no lo digo en albur, lo digo de corazón, sus
tacos me ponen de buenas pa todo el día, subo a la combi y me importa
poco que me empujen, en el trabajo me dicen que ando cacheteando las
banquetas por usted Marilú, ya casi ni como si no pasan mis tacos
primero por sus manitas, mire, no me lo tome a mal, pero yo quisiera
invitarle al cine, ¿le gustan las películas de los Almada? ¿ya vió
usté esa dónde le rompen su madre a todo el pueblo de vaqueros que
resultaron ser jotos extraterrestres? ¿no? ¡hombre! si es casi casi de
colección, venga conmigo el sábado en la tarde, ande no sea usté mal
pensada, yo soy hombre de bien, ni tan pobre ni tan honrado, pero yo
la respeto y aunque no niego que me gustaría mucho besarle esa boquita
color caramelo de fresa, primero me mocho una mano que faltarle al
respeto”. A la gorda se le iba en suspiros a cada palabra, no, si este
flaco carajo tenía más lengua que bigote y eso que su bigote le cubria
tres cuartas partes de cara. Y ahí fue la gorda, al cine primero, a
los mariachis después y a la cama con todo y botella de vino (tinto
tinto, pero más bien coloradito con tapa de rosca) tres citas más
tarde. Aquello fue de película y no precisamente por lo bien actuado,
sino por lo pornográfico del asunto. La gorda montada en Marianelo del
Niño Jesús al que casi le quiebra la espalda y le troncha el único
adminículo de ser hombre. Marianelo cabalgando a la taquera: “¡dime
vaquero, dime vaquero!” Y aquellos sesentaynueves combinados con
setentaydoces a los que el flaco era tan adicto. No, si ya lo
sospechaba, esa Marilú tenía de kilos lo que le faltaba en pudor,
hasta besos de nies practicaba, y a la hora del orgasmo, gritaba como
locomotora: “¡ay de lomo, de tinga y de cabeza!”
Por dos meses corridos los amantes se viven de la
cama a los tacos, de los tacos a la bailada, de la bailada a la cama y
vuelta a empezar. Se relamen los labios cada que se ven con ojos de
coito, al flaco le brincan la ojeras de tanto guayabo, a la gorda le
brillan los ojos detrás de sus pestañas pixie. Se tocan, se mandan
besitos con guiños cachondos, nadie sabe ni se imagina que los dos se
dedican a darse hasta con la cubeta durante las noches. ¿A quién le
importa un flaco bigotes de perro y una gorda taquera? Y ellos la
gozan, la sufren (sobre todo él, que cuando la gorda quiere ella
encima le deja todos los huesos molidos). Así pasa cuando sucede,
nadie sospecha lo que detrás de las puertas suena a motor diesel, a
ballena varada, a mujer en celo y a hombre en orgía. Y nadie sospecha
cuando la gorda desaparece de su puesto y tres días después se abre
otra taquería con el nombre de Tacos La Gorda, de lomo de tinga y
cabeza, aunque la cabeza más que de puerco parece de puerca, con todo
y sus pestañotas pixie.

LA SEÑORA LÓPEZ
Julio Edgar Méndez
¡Pobre señora López! Mira que venir a enamorarse a
sus sesentaypico años, de una bola de sebo prieto como Pancho
Benavidez. ¡Ah, Pancho!, el galán de barrio, todo un gato prieto entre
las gatas, cabeza grasosa con la media raya en el pelo y media raya de
nalgas salidas por fuera de los pantalones a media panza. Dizque de
cadera caída decía él, más bien de sebo desfajado.
Cuando Pancho bailaba en las posadas de la colonia,
sus caderotas de barril se movian al lado opuesto de su prominente y
sexy barriga. Así, sexy, como se oye. Dicen que a algunas mujeres les
parecen excitantes las pancitas cheleras, así que la de Pancho debía
hacerlas tener hasta orgasmos. Lo cual explica por qué doña Mariquita
López fue flechada esa infausta noche de diciembre. Había en el aire
un olor a frío mezclado con ponche mezclado con frutas mezclado con
tequila mezclado con los eructos del gordo sexy que tenía los prietos
ojos puestos en los huesitos de la doña. Huesitos que además estaban
llenos de carne sesentona dispuesta a dirimir en la cama, las eternas
dudas sobre si a los ancianos todavía se les debe permitir tener sexo.
El hecho de que fuera viuda y con un poquillo de dinero producto de la
usura no estaba de más, sobre todo tomando en cuenta que el prieto
Benavídez no tenía un centavo, sólo la mesada que su octogenario padre
aún le pasaba fielmente.
Era un junior de cincuenta años, ciento veinte
kilos y tres manos. Dos manos como todo mundo y la de chapopote que
Dios le puso en la piel. Pero Pancho, feliz de la vida. Todas las
mañanas le empezó a caer a Mariquita para desayunar, más tarde también
a comer y al paso de dos semanas, ya de plano nomás le faltaba
quedarse a dormir. Usaba la casa de la enamorada mujer como si fuera
suya. Las cuentonas del teléfono que el gordo le dejaba a la doña,
casi le mataban el deseo, pero ella sólo veía esas carnitas con ojos
de lujuria, y lo demás era lo de menos. Que si Pancho quería unos
chilaquilitos, que si unos huevitos divorciados, que si huevos
prensados a la valenciana, que si los tamalitos en la noche, la
arrachera para comer, acompañado todo por un seis de soles, soles que
a la mujer se le hacían más calientes al verles resbalar por la
colosal garganta del junior sexy. La babacheve bajaba voluptuosamente
del pico de la botella hasta la panza de tambor que sonaba hueco,
igual de hueco que el cerebro de su dueño. Pero la señora López ya
soñaba con verse convertida en sangüich. Pancho en un lado, la cama
del otro y ella en medio, sin más aderezo que el puja que puja para
pujarle al prieto: “¡Ya bájate gordo que me matas!”.
Y al fin se le hizo, esa noche llegaron en el viejo
auto de ella hasta el motel Risueño, sitio de menos tres estrellas
lleno de golfas estrelladas en la realidad de ser golfas sin estrella.
Pero la doña ni en cuenta, sólo veía todo color rojo, como sus
pantaletas rojas, su corpiño rojo, sus medias rojas y su gordo rojo
rojo de tanto tomar cheves. Entraron y ella pagó el cuarto, of course,
luego todo fue como si el averno se hubiera convertido en película
tres equis. El gordo todo dizque lleno de pasión, le desgarró el
vestido a la sesentona con un grito de: “¡Ora sí vas a ver lo que es
bueno!”, pero nunca lo llegó a ver doña Mariquita, que estaba toda
pintada de rojo y Pancho rojo de ira por que la doña le exigía lo que
al buen galán no le funcionaba. Aquello era patético, ella besando las
orejas del gordo y diciéndole con voz cavernosa: “ándale Pancho, que
ya me urge!” y Pancho que nomás no sabía dónde meterse por que no
podía meter lo que le exigían. ¡Pobre cabrón! Cualquiera que haya
estado metido (o más bien salido) en esa situación, sabe que si
hubiera una pistola a la mano, lo más seguro es que se diera un tiro.
Pero no el gordo, ¡no!, él comenzó a darle de madrazos a Mariquita
mientras le gritaba: “¡Pinche bruja, algo me hiciste! ¡Yo siempre
puedo hasta de a dos y tres sin zacatecas! ¡Eso me pasa por meterme
con cacatúas!”. Y la señora López nomás agarrada a las piernas y
calzones mal fajados de Pancho: “¡No me pegues Pancho! ¡Mira que esas
cosas pasan! ¡Si quieres nos quedamos quietos viendo la tele con esas
mujeres que te gustan y hacen todas las cosas que dijiste que me ibas
a hacer! ¡Pero ya no me pegues!”. Pero al pinche gordo nadie le sonaba
la campana ni a ella le arrojaban la toalla, hasta que se cansó y la
dejó en el suelo más roja que cuando llegaron.
Afuera, en la triste noche del motel de noche, los
grillos siguieron cantando, los autos arribando con parejas más
disparejas conforme entraba la madrugada y las golfas siguieron
golfeando, porque a fin de cuentas, que le peguen a una mujer no tiene
nada de novedad y menos en ese lugar. En todo caso la novedad sería
que de tanto golpear a la mujer, ella se comenzó a excitar y Pancho
también, hasta que ambos gemían a cada madrazo y la doña gritaba:
“¡Más abajo Pancho! ¡Más nalgadas mi rey!”. Así fue como los dos
terminaron en el suelo todos sudados y sin aliento. Cuando Mariquita
se durmió, el cincuentón junior aprovechó y le vació la bolsa. Sólo
traía quinientos pesos, en puros billetes mugrosos de veinte y
cincuenta, azules y rosas, combinación de jotos y policías, ni modo,
con eso le alcanzaría. Eso, las llaves del auto y las llaves de la
casa que ahorita sí estaba seguro de que se hallaba sola. Se vistió y
salió dejando a la señora roncando como sierra eléctrica medio
encuerada y medio pendeja por haberse dejado timar por un Pancho más
pancho que gordo.
Cuando la doña abandonó el motel, con el vestido
todo rasgado, las medias rotas y el rímel corrido, bajo las risas y
miradas de lástima de la gente, tuvo que caminar hasta su casa sólo
para llegar y encontrarse con que ya no había muebles, ¡nada!, ni
siquiera los clavos en donde colgaba las fotos del prieto Pancho
vestido de niño dios, que aquél le regalara para recordarle lo buena
gente que era cuando en su cocina devoraba los chilaquilitos en salsa
verde hechos con tanto amor, con tanta cebolla y tantos frijoles
refritos. Refritos como los sueños de la señora López, aquellos
geriátricos sueños olvidados al lado de sus rojas pantaletas en el
motel de las golfas risueñas de una de tantas ciudades de paso.

BAJO EL SIGNO DEL DRAGÓN
Julio Edgar Méndez
Empezó de a poquito. Una pestaña dentro de la taza
de café, un par de uñas en la tina, una muela intentando colarse por
la rejilla del lavabo, tal vez tenían razón cuando me lo advirtieron,
chin!
Recuerdo como caía el sol con la fuerza que agarra
al venir de pura bajadita cuando en medio de la plaza, llena de
pintorescos blancos lechosos, de cuello rojo, t-shirts flojas, ojos
azules, negros y de los ojos también, piel morena, dorada, verde
(bueno, a esas horas y en esas necesidades se ven todos los colores),
entre hirsutísimas y lacias cabelleras, desde el color cuasi blanco
hasta el negro pasando por rojos, amarillos, marrones, y hasta azules,
destacaba una cabellera negrísima. Ojos rasgados con las oblicuas
asignaturas de merodear frente a la vida bajo el signo del dragón. Los
labios eran perfectos, rosa intenso y en posición de puchero
pornográfico; toda la ilusión de aparador en Diciembre, toda oriente,
toda promesa, toda amarilla. Sus manos eran porcelana Lladró
transformada en seda; sus pies pequeñitos parecían envoltura de regalo
y más arriba un par de piernas diseñadas bajo el más estricto
principio ergonómico. Los brazos eran alas que agitaban el aire en que
la mariposa de su bajo vientre debía volar como ave del paraíso. En
efecto, la fragancia de su estrecho túnel eran recuerdos de mares del
otro lado del mundo. Era perfecta, nuevecita y aunque no le entendía
ni madres (porque hablaba en chino, pues), supe que el sol había
nacido de este lado de mi corazón.
Hablamos sin entendernos, nos manipulamos sin leer
manual alguno, deshicimos el oriente a puras ráfagas de besos desde el
occidente de nuestra cama, nuestra cocina, el baño, el auto, el
pasillo del edificio donde vivo, la terraza de su hotel y la alberca
en que nadamos muy profundo y prolongado. También hicimos el amor.
Al tercer día vino la resurrección del fin.
Demasiados detalles para pasar desapercibidos. Las pestañas, las
muelas, las uñas, pero seguía cerrando los ojos a la fatalidad, se me
estaba desmoronando la vida! Lo que nadie veía y yo si tocaba empezaba
también a fallar: un seno se inclinó demasiado lejos del otro, el
ombligo se inflaba de pronto como globito compungido, las piernas no
se doblaban igual, ni para atrás ni para adelante, el cabello se me
quedaba en las manos cuando la jalaba hacia el sur de la lujuria.
Total, pobrecita, sus lágrimas salían hacia arriba y lloraba con hipo
y flatulencias. Nada que un poco de maquillaje no ayudara a cubrir.
Pero cuando el primer brazo se le cayó, ahí sí me empecé a preocupar.
Chin! ¡Pinches chinos, qué poca calidad, qué poca madre! Ahí estaba mi
gusanito de sexo, sin un brazo, las piernas tiesas, sin cejas ni
pestañas, ni dientes. La nariz se le desinfló justo cuando le daba
mordiditas para animarla. Tanto atravesar el mundo para venir a
descomponerse en tierra ajena, tierra globera cierto, pero con una
artesanía perrísima para hacer chamacos, propios y ajenos.
¿Cómo armarla de nuevo? Ella me decía palabras en
su idioma sesgadito y yo no entendía que me pedía que mejor la
devolviera a su tierra. Compré un cola-loca
que pega de locura y cabello a cabello, uña a uña, diente a diente
quise devolverle su figurita de mujer dragón de ensueño. El pubis lo
dejé tal cual porque a los dos como que nos gustaron sus alas
lampiñas. Con unos remaches pop le ajusté senos y brazos, a las
piernas les coloqué bisagras de última tecnología para que se movieran
cuando la necesidad se imponía a la terrible visión de mi chinita
reconstruida.
Las cosas funcionaban más o menos, pero era
indudable que aquello no podía durar mucho,
cuando de pronto, zas!, se me prendió el foco. La coloqué en una
carretilla y la llevé con unos amigos ingenieros especialistas en
clonación. Sólo que como no tienen tecnología de punta, me dijeron que
usaban software pirata. Ni modo, la cloné y de nuevo como al principio
nos pusimos a darle vuelo al vuelo.
Debo ir cada dos o tres meses a clonarla porque
ahora que el original se deshizo por completo, estas pinches copias se
truenan bien rápido y aparte se ven todas borrosas en la cama.

Espero que
esta pequeña muestra haya sido de tu agrado. Si
tienes interés en leer más
cuentos de mi autoría, sólo
envíame un email y con gusto te los haré llegar.
Vale.
Julio Edgar
Méndez
|
|
|