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EL PRODUCTO
Julio Edgar Méndez
Tenía la misma horrible pesadilla y seis meses de
embarazo. Cada noche era lo mismo, comenzaba con un estremecimiento
involuntario de los huesos para en seguida ponerse fría, como si algo
la retuviera contra su voluntad dentro de una caverna helada y oscura.
Sus miembros se entumecían y entonces sucedía aquello tan espantoso,
el bebé nonato se deslizaba entre sus muslos y todo lleno de sangre
abría su boquita para soltar una carcajada horrible. Le mostraba el
cordón umbilical y de una mordida lo trozaba. Ella comenzaba a sangrar
y sangrar hasta sentir el olor nauseabundo del exceso de rojo sobre la
cama, escurriendo hacia el suelo, trepando por las paredes. Veía cómo
el bebé se erguía y con movimientos felinos saltaba por la ventana y
se internaba en la noche, en el corazón de la ciudad, hacia las
entrañas de lo perverso.
Cuando despertó al día siguiente, vagamente
recordaba haber sentido miedo durante la noche, pero era la enésima
vez que su ropa interior estaba rasgada y con manchas de sangre
coagulada. El doctor sólo atinaba a decirle que según las pruebas,
ultrasonidos y demás exámenes, el bebé seguía perfectamente normal. Es
más, mientras ella disminuía ostensiblemente en peso y salud, el
producto crecía de forma excelente. De no ser porque el doctor la
conocía desde niña, tal vez hubiese sugerido que dejara la bebida o
las drogas, pero nada de esto usaba la futura madre. Siempre había
sido una mujer muy saludable, alta, esbelta, muy bella. Ahora se le
veía con menor estatura quizá debido a su ligero encorvamiento, la
piel ceniza, el pelo sin brillo, los ojos apagados.
Su esposo parecía no darse cuenta del visible
deterioro de su mujer, pero hacía todo lo posible por llegar tarde a
casa y salir de viaje con demasiada frecuencia. Así que las más de las
veces estaban solos ella y su bebé. Salía a caminar durante el día y
se sentaba a descansar en las bancas de los parques mientras con voz
muy suave le hablaba a la criatura en su vientre sobre todas las cosas
bonitas que veía y que esperaba algún día verlas juntos. Sentía
entonces ligeras pataditas del bebé y eso la hacía la mujer más feliz
del mundo. Pero al llegar la noche, la oscuridad y el miedo volvían a
apoderarse de ella. Dudaba entre irse a la cama o esperar despierta a
su marido, no quería dormir y volver a deslizarse dentro de esa
horrible pesadilla. No, no, su bebé era bello, era normal, estaba
sano. Tal vez ver tantas películas le había provocado sueños tan
locos. Apagó la luz, miró por la ventana, la luna se veía redondita,
le sonreía o eso le pareció por corto tiempo porque de pronto la
sonrisa se volvió una mueca de infinito desprecio, de odio. Sintió el
aguijón entre las piernas, su vagina comenzó a dilatarse y a sangrar
profusamente. Con los ojos desorbitados miró cómo asomaba una cabecita
y después los hombros del bebé. Cuando salió totalmente, se irguió,
volteó a mirarla y soltó una carcajada mientras intentaba morder el
cordón umbilical. Aún en sueños la escena era para morir de miedo. La
mamá sentía el ritmo de su corazón como si fuera la bocina del aparato
de ultrasonido, los redobles se encimaban unos a otros. Ya no sentía
las piernas, no sentía el cuerpo, sentía su mente fuera de esta
tierra. Habían estallado millones de lucecitas en algún punto dentro
del universo de su cabeza y ella sólo sentía que se hundía y se hundía
en algo viscoso, maligno.
Faltaban quince días para el parto de acuerdo a su
médico y sus propios cálculos, pero la situación era muy alarmante. La
mamá había perdido demasiado peso y su piel era ahora amarilla,
quebradiza, como de reptil. Sus ojos estaban opacos y llenos de
pequeñas venas rojas que parecían prontas a reventar en cualquier
momento. La decisión de internarla en el hospital desde ese momento
fue tomada en parte por el médico y parte por el esposo. Ambos
compartía la preocupación de que fuese ella misma quien se provocara
los sangrados, tal vez en un esfuerzo inconsciente por abortar.
Después de todo, siempre había dicho que los bebés eran un estorbo
para cualquier mujer con una carrera exitosa y un futuro brillante.
Pero mientras al principio estuvo de lo más feliz con su embarazo, a
partir de las pesadillas había empezado a sugerir que no quería al
hijo, pero el periodo de gestación estaba por concluir y aún las
sociedades más liberales no toleran un aborto a tales alturas. Así que
decidieron internarla y mantenerla en observación. No tuvieron que
esperar mucho. Su primera noche en el hospital despertó a las
enfermeras de guardia con un grito de horror. Acudieron de inmediato a
su cuarto y ahí, para sorpresa de todos, estaba la cama toda manchada
de sangre y la mujer con las piernas abiertas convulsionándose. Pero
se encontraba dormida, como en trance, como en sueños. Llamaron de
inmediato al médico que la atendía mientras intentaban controlar a la
mujer. Cuando éste llegó, decidieron practicar una cesárea por temor a
que el producto estuviese lastimado. Apenas si se acordaron de llamar
al esposo. La mujer abrió los ojos y se encontró rodeada de batas
azules y ojos curiosos. Le habían bloqueado la parte inferior del
cuerpo y no quisieron anestesiarla totalmente por temor a causarle
algún daño al nonato. Como en sueños pudo ver por los espejos del
quirófano cómo le abrían el vientre con un tajo que anunciaba la
profanación de su cuerpo para dar vida a otro cuerpo. Primero fue como
un estremecimiento en las entrañas, después fue la mirada de horror de
los médicos y enfermeras, pero en seguida supo que la pesadilla se
hacía realidad porque lo último que escuchó, antes de que su corazón
reventara por tanta maldad inoculada noche a noche, fue una espantosa
carcajada y un jalón inmisericorde del producto mientras intentaba
cortar a mordidas el cordón umbilical que le unía con su madre.

LEGIÓN
Julio Edgar Méndez
“Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas?
Y él le dijo: Legión...porque somos muchos”.
Lucas 8:30 / Marcos 5:9
Me llamo Legión. Cuando lloras, lloro contigo.
Cuando ríes, me río de ti. Cuando amas, yo odio lo que amas. Soy
tantos, soy todos, soy vida en tu vida, muerte en tus noches de muerte
cuando navego en el mar sin luz de tu alma. A veces, de frente al
espejo, soy el espejo de tu ojo angustiado. Tú eres mi esencia,
presencia, mi anhelo, mi cuerpo habitado por todos los vientos
informes que soy, que somos. Porque somos muchos, desde hoy, desde
ayer, desde siempre. En tu voz escucho mi voz, y a veces todas mis
voces, la mía, la de él, la de ella, la tuya de hace cien años, cuando
eras el eco de mi futuro, la piedra angular de mi tristeza. Detrás de
cada caricia a tu amada, soy yo quien la toca. Tus manos son guantes
para mis manos, para mi deseo, para poner en tu tacto el roce que yo
no siento. Tu cuerpo es entonces el imán en que atraigo el norte de
otros cuerpos, que también son prestados. Cópula de legiones y
legiones por no poder comulgar en el cáliz sagrado de la retórica de
sangre. Sangre negra, sangre pútrida, sangre que lava heridas de
sangre, sangre bebida para apaciguar la sed de más sangre, de más
odio, de más muerte. Estoy en tu aliento, en tus poros, dentro muy
dentro de tu corazón, ¿entiendes, corazón?, te muevo los brazos, tú
hablas por mí, dices las cosas que yo no diría si no fuera también a
la vez que tu esclavo, tu dueño. Dioses, nos llaman los dioses.
Demonios, nos llaman los seres caídos. Esquizofrenia, locura, nos
llaman los locos. Tú sólo dime “mi amor”. Porque no habrá nadie que te
ame tanto como nosotros, cuando estamos dispuestos a compartir contigo
el veneno que noche tras noche le inyectas a tus entrañas. Veneno en
pantalla, gotas cibernéticas de tres doblevés, veneno en la risa,
veneno que cae como llanto, veneno en tus labios que saben a ajenjo.
Mírate en el reflejo de nuevo, mira otra vez, más
despacio. ¿Ves esa risa detrás de tu cara?, ése soy yo. Soy todos los
años colgados detrás de tu espalda, soy esa mano sobre la daga que
corta con tanta ternura tus venas, para abrirse camino hacia el suelo,
hacia el lugar en donde todos los sueños terminan, el mismo suelo
cubierto de tantos demonios que como legión de tristeza, marchan
renuentes de vuelta al abismo.

CABEZA DE MAPA
Julio Edgar Méndez
Yo no estoy loco, pero tú sí. Lo sé por que anoche
en tu sueño tú y yo anduvimos matando venados a puras mentadas de
madre. Ayer, justo a la hora de los locos, cuando el crepúsculo parece
cortarse las venas sobre el horizonte, me dijiste con harta tristeza
en tus dientes: “mi loco amigo, vente a soñar esta noche a mi lado,
aquí, dentro de la rapada cabeza en donde dicen que vuelan las naves
perdidas de Olaf el vikingo”. Entré despacito en tu mente para no
alborotar a la bruja custodia de todos los locos, y poco a poco
nuestra mente no se hizo una, sino diez, la tuya, la mía, y la de los
otro ocho camaradas con quienes hablamos largo y tendido hasta que
sentí la corriente de luz con la que nos despiertan a veces, para ya
no seguir escondidos detrás de los ojos cerrados. ¿Ves cómo estás rete
loco? Ya no te acuerdas de nada, pero yo sí. Me acuerdo y recuerdo
cómo tú eras el otro, el otro que se parece a ti como las nubes se
parecen a los campos de azúcar, el otro, sí, aquel quien con ojos de
loco me contó sobre las cuevas en donde habitan venados cuyas astas
son manecillas, con ellas se hacen relojes para impedir que el tiempo
se acumule en nuestras uñas. No sea que con tanto tiempo reunido en
nuestras manos, empecemos a entender el universo y entonces sí que la
cosa estaría para locos. Al comenzar a soñar, me dio un poco de miedo,
se me había olvidado que era tu mente y no la mía, así que cuando
empezaste a hablar con aquellos otros amigos, esos ocho personajes
invitados a fuerzas, no sabía con quién te reías. Conmigo, me dije al
principio, pero luego supe, por las risas de los otros, que era con
alguien más. Entre tanta risa se nos olvidó que estábamos soñando, tú
al menos, y yo nada más a tu lado por si algo se te ofrecía. Fueron
tantas historias las que escuché dentro de tu mente ayer por la noche,
que ahora por la mañana casi quisiera volver a platicar con tus
amistades. Pero ya ves, a mí me tienen amarrado a la cama con estos
cables rojo y azul para sacarme las malas ideas por medio del miedo a
morir chamuscado entre tanta luz atravesando mi cuerpo, y a ti no te
han encontrado. Me alegro, así les vamos a jugar una buena partida
esta noche de nuevo. Cuando la oscuridad me despierte, tú y yo nos
iremos de nuevo a matar más venados. Tú sigue escondido debajo de las
manecillas de los relojes que armamos ayer, que al rato, cuando me
lleven al cuarto, puedes meterte otra vez por entre las grietas del
techo. Te guardaré algo de mi comida, yo me tomo el agua caliente y a
ti, mi amigo cabeza de mapa, te guardo el bolillo.

Espero que
esta pequeña muestra haya sido de tu agrado. Si
tienes interés en leer más
cuentos de mi autoría, sólo
envíame un email y con gusto te los haré llegar.
Vale.
Julio Edgar
Méndez
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