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UNA ARENITA
DESDE SUS CABELLOS
Julio Edgar Méndez
Primero fue el sonido de un barco en la soledad del
mar oscuro, después la callada armonía de una luna sonriente comida a
la mitad por los soñadores hambrientos. Las olas iban de un lado al
otro como diciendo: “ya voy, ya voy, espérame”. Entonces llegó la voz
que quería escuchar. Era un silbido suavecito que salía de en medio de
las aguas hasta convertirse en un canto. Aumentaba en volumen hasta
que parecía salir de su propia cabeza, pero no lo molestaba, era un
susurro agradable, como el canto de una madre, y que sin embargo le
daba miedo. Igual que otras noches anteriores este miedo empezaba a
subir por su pecho, trepar por su cuello, besarle la boca, abrirle los
ojos que él quería cerrar sin que el terror se lo permitiera. Y como
otras noches desde que la había descubierto, rodeada de algas
brillantes, con el pelo casi blanco y enmarañado alrededor del cuerpo,
los ojos amarillos y profundos, la boca roja llena de blancos dientes
afilados, una nariz extraña pero en un rostro bello, estaba aquella
sirena.
La parte de ella que lo miraba desde el agua, era
sólo una cabeza cuyos reflejos lunares la hacían brillar como perla en
medio de su propia sombra acostada sobre el mar. A veces se había
acercado al bote para que él pudiera apreciar su cuerpo entero
mientras nadaba a su alrededor. No tenía cola de pez como en los
cuentos que todos cuentan, ella era igual que cualquier mujer, excepto
por el cabello, un cabello que parecía formado por hebras gruesas de
oro blanco. Y como otras noches, ella cantaba suavecito dentro de su
cabeza y él se quedaba tieso hasta que de pronto el sol pintaba el
horizonte de rayas naranjas, rosas, violetas, azules. Nunca la veía de
día. Ni siquiera sabía si podría verla cuando él quisiera. Hasta
ahora, su trabajo como pescador había sido muy simple aunque a veces
también peligroso, sobre todo cuando el mar se enfurecía y trataba de
ahogar a todos los pescadores de aquellas costas como para reponer con
sus muertes la muerte de tantos peces que noche a noche caían en sus
redes. Pero ahora Juan, el pescador, salía cada noche por un rumbo
distinto a los demás a ver si encontraba de nuevo a la sirena que lo
tenía atrapado sin anzuelo.
La primera vez que la vio, se encontraba alejado
del resto de los pescadores porque la red de su barca atrapó varios
peces grandes que iban en alguna migración y lo arrastraron más allá
de la bahía donde se sentía seguro. Ahora estaba en zona un poco
desconocida y de noche lo era más aún, cuando el mar aparenta dormir y
sólo se esconde en espera de comer barquitas y grandes barcos. Juan
intentaba zafar su red de todo el banco de peces que intentaban
romperla, cuando le pareció ver un rostro en el agua. Del susto soltó
la red y los peces se la llevaron mar adentro. Tenía miedo de volver
asomarse por la borda de la lancha, pero pensó que tal vez sería un
cuerpo ahogado. Se inclinó sobre el borde y se asustó más cuando vio
que ahora toda la cabeza estaba fuera del agua. Pero no gritó, se
quedó sin habla, casi sin respirar, con el terror a lo desconocido que
se apodera de nuestros huesos y sentimos que el tiempo ni siquiera
avanza. La sirena -porque era una sirena, no tenía la menor duda- lo
veía con sus grandes ojos amarillos llenos de pestañas largas que
parpadeaban lentamente. La piel no tenía escamas como decían las
historias, sino parecía una piel suave, como de durazno, delicada. Y
comenzó de pronto a silbar muy quedito, casi sin mover los labios.
Quedito. Poco a poco el sonido aumentó hasta que el pescador perdió el
sentido. Cuando despertó, su lancha estaba atada al muelle y los demás
pescadores lo veían extrañados. Comenzó desde entonces su fama de
borracho y mal pescador. Por las noches no pescaba nada y por las
mañanas contaba historias que nadie creía. Pero a Juan no le
importaba. Sólo quería que llegara la noche para salir en pos de su
criatura marina. Porque a él le parecía bella. Lo llenaba de miedo
verle acercarse, pero más miedo le daba perderla. Que no llegara a su
cita alguna noche lo hacía desvariar sobre cómo vencer su miedo para
hablarle de amores y sueños de amores. De sueños.
Pasaron así varias semanas, hasta que Juan estaba
en los puros huesos. Ya casi no comía, aparte de que no pescaba nada,
no tenía hambre. Por las mañanas dormía en su bote y por las noches se
internaba en la parte del mar que todos los otros pescadores temían.
Estaba solo, solo con sus temores, solo con esa voz dentro de su
cabeza, solo con su sirena. Ella nadaba suavemente alrededor de su
lancha mientras Juan escuchaba relatos de mares remotos, tenebrosos
abismos, profundidades llenas de horrores desconocidos, de monstruos y
bellezas marinas que nadie jamás ha visto. Todo dentro de su mente,
imágenes que lo petrificaban y lo hacían sentirse como una estatua de
arena sobre su propio cuerpo. Poco a poco sentía que se iba
desmoronando, una arenita caía desde sus cabellos hasta que todas se
precipitaban hacia abajo, hacia el mar. Entonces comenzó a sentir que
nadaba, el agua entraba y salía a través de su cuerpo. Ahora la luna
se veía abajo y no arriba. El cielo no tenía estrellas, tenía olas.
Ahora la sirena estaba a su lado, frente a sus ojos, con sus piernas
atadas a sus piernas, con su cabello enmarañándose en todo su cuerpo
de pescador ya sin miedo. Porque ya no sentía miedo, ni estaba tieso,
ahora se sentía vivo por primera vez, toda la naturaleza crecía dentro
de él mismo. El mar era él, el cielo era él, los cantos de la sirena
ya no eran para él, eran él mismo, ella era él mismo, Juan ya no era
Juan, era un pequeño pedazo de todo el universo dentro del estómago de
un ser tan horrible, como la horrible boca que lo despedazó en
segundos con todo y su bote.

MUJERES DE PIEDRA
Julio Edgar Méndez
Todas las tardes, cuando el sol es una tremenda
bola de fuego sobre la ciudad de Celaya, regreso a mi casa después de
salir de la escuela. Me gusta el camino de la calle Morelos, porque
hay mucha gente y tiendas con tantas cosas que ver. Existe un lugar
que era mi favorito, le llaman el puente de las monas. Yo no entendía
por qué le llamaban así. A cada lado de la calle, hay un muro que se
conserva desde hace muchos, pero muchos años. Sobre cada muro había
una estatua con una figura de mujer. ¡Qué bonitas se veían con sus
largos cabellos de piedra! Siempre ahí, solitas, con la mirada fija,
una mirando hacia donde nace el sol y la otra viendo hacia el frente.
¿Alguna vez te has preguntado cómo se hace una estatua? Yo creía que
eran personas normales a quienes les echaban encima cemento y ¡listo!,
se conservan para siempre. Claro que esto no explicaba lo de las
estatuas gigantes. ¿Te imaginas a un hombre o una mujer de ese
tamañote caminando por la calle? No cabrían por las puertas, chocarían
con los semáforos, pisarían a los niños porque no podrían verlos desde
semejante altura. ¿Puedes cerrar los ojos un momento y pensar en el
tamaño de los zapatos de estos gigantes? ¡Serían como pequeñas
lanchas! Pero yo pasaba a diario por el puente y sin saber cómo se
hace una estatua, veía con tristeza a estas dos mujeres encerradas
dentro de los muros maltratados que quedaban aún en pie sobre las
banquetas. Tenían la cara llena de mugre y polvo porque nadie les
limpiaba el rostro. Sobre las bardas, los jóvenes sin nada qué hacer,
habían pintado lo que ellos llaman grafiti, ya sabes, un montón de
rayas que no dicen nada, sólo ensucian las paredes. Las mujeres no
podían voltear a ningún lado; aunque yo les silbara desde abajo, ellas
no me veían, sólo miraban con sus ojos tristes y opacos, hacia el
mismo lugar siempre. Con la mirada puesta en el infinito.
Un día, le pregunté a mi maestra del quinto año si
conocía la historia de este puente de las monas y ella me contestó que
no, que ni siquiera conocía el lugar. Entonces le pregunté a mi
hermana la mayor, pero ella sólo me dijo que no le diera lata; luego,
pregunté a mi hermanito, él nomás me pegó con su mamila y no dijo
nada; seguí mis investigaciones con mi mamá, ella tampoco sabía la
historia, aunque sí conocía el puente; y finalmente, mi papá me dijo
que se llama así, Puente de las Monas, porque hace muchísimos años, un
señor se ponía en ese lugar a tocar música con un cilindro; yo tampoco
sé lo que es un cilindro, pero mi papá dice que es una caja de madera
de la que sale música cuando le dan vuelta con la mano en una especie
de palanca. Dice que el sonido es muy bonito, como un silbato
chiflando canciones antiguas. El caso es que, este señor cilindrero
tenía dos monitas, o sea, dos changuitas vestidas con trajecitos de
los que usaban las abuelitas, con todo y sus moñitos en la cabeza. Y
que muy monas, -lógico, ¿verdad?- pedían dinero con unos platitos a
las personas que pasaban por ahí a escuchar la música. Por eso le
llamaron el puente de las monas. A mí esto no me pareció muy verdadero
porque entonces, ¿qué hacían ahí las dos mujeres de piedra? Entonces
aumentó mi tristeza porque nadie sabía sobre ellas y su origen, y
además, ahí estaban siempre, solitas toda la vida.
Casi todos los días, luego de hacer mis tareas de
la escuela, y mientras el sol se derretía como cajeta sobre el fondo
de la ciudad, yo llevaba paletas para compartirles a las dos estatuas,
pero no me hacían caso, sólo parecían hablar entre ellas. Pobres,
¡tantos años encerradas entre esas piedras!
Un día, después de pensarlo por muuucho tiempo,
tomé un cincel, un martillo y una lamparita de la caja de herramientas
de mi papá. Esperé a que fuera de noche y que todos en casa me
creyeran dormido y entonces, salí sin hacer ruido por una ventana.
Caminé algunas cuadras oscuras y llegué hasta el puente de las monas.
No había mucha gente en las calles, así que trepé sin que me vieran
por la barda de la mujer que mira hacia donde sale el sol. Una vez
arriba, me acomodé sobre el muro y le di un golpe con el martillo y el
cincel a la roca alrededor de la estatua. ¡No se escuchó ningún ruido!
Al parecer toda la ciudad se había dormido también, porque no había
sonidos, nada, ni siquiera grillos. Seguí golpeando la roca y ningún
ruido despertaba a la noche. Pronto, dejé un hueco muy grande
alrededor de la primera mujer. Bajé de la barda y me trepé sobre la
otra pared hasta llegar junto a la segunda estatua, la que tenía uno
como escudo con unas figuras de personitas y ¡zás!, le pegué al muro
con mi cincel y el martillo y así fui dejando un hueco grande para
liberarla de la roca. Ni siquiera me di cuenta en qué momento terminé,
porque creo que me quedé dormido sobre el muro.
Cuando desperté, estaba de vuelta en mi cuarto, en
mi casa, y mi mamá tocaba a la puerta diciendo que ya era tarde para
ir a la escuela. Me vestí y me lavé la cara pensando si todo habría
sido un sueño. Como era tarde, mi papá me llevó en su bicicleta, así
que toda la mañana estuve mordiéndome las uñas pensando en lo
sucedido. ¿Cómo llegué de vuelta a casa? ¿Dónde quedaron el cincel y
el martillo? ¿Ganaría mi equipo de futbol el campeonato? ¿Me
alcanzaría el dinero para comprar otro dulce? Total que, toda la
mañana yo con los nervios y la maestra con sus dictados, hasta que
tocaron la campana de salida y corriendo, casi tropezando, me dirigí
hasta el puente de las monas. Cuando llegué, me quedé con la boca
abierta y los ojos de plato.
¡Un montón de personas se había juntado a ver los
ahora sitios vacíos de las estatuas! Había reporteros del periódico,
del radio, de la tele, policías, niños y niñas, en fin, muchísima
gente. Unos decían:
-¿Quién habrá sido el malvado que se robó las
estatuas? Otros: -¡de seguro fue un político ratero que se las llevó
al jardín de su casa! Otros más decían: -¿cómo nadie escuchó nada? Y
otros más sólo movían la cabeza con tristeza.
No supe qué hacer, así que empecé a caminar hacia
atrás muy despacio, temiendo que me vieran y sospecharan de mí. De
pronto, ¡pum! choqué con alguien a mi espalda. Volteé para pedir
disculpas y ahí, frente a mis ojos, estaban dos bellas mujeres
vestidas con trajes de esos que hacen ruido cuando caminan con ellos.
Tenían el cabello muy largo y brillante, los ojos que reflejaban mi
cara asombrada eran verdes en una de ellas, y la otra los tenía
negros. Me parecían conocidas, y supe que sí las conocía cuando una de
ellas me dio un beso en el cachete y me dijo muy suavecito: -gracias.
La otra mujer también me besó y en seguida se dieron vuelta hacia
donde el sol se mete y caminando como si flotaran, se alejaron de mi
vista y del puente.
Ha pasado ya mucho tiempo desde esa aventura, pero
a veces, por las noches, cuando siento un poco de tristeza por ya no
poder visitar a las mujeres de piedra, sueño entonces que estoy
jugando en el parque y ellas se me acercan para decirme quedito:
“gracias por liberarnos”. Sí, ya sé que es un sueño, pero entonces:
¿cómo es que un día desperté y encontré junto a mi cama el cincel, el
martillo y la lamparita de mi papá?

BESOS DE MIEDO
Julio Edgar Méndez
El día en que dejé mis recuerdos entre sus brazos,
ella tenía los ojos llenos de atardeceres, de sueños que esperan a que
alguien los sueñe, de risas, de llantos. La veía caminar con la frente
hacia el cielo, los ojos en la vereda, los pies sobre sus alas, como
flotando. Flotaba y se mecía como el barquito de cuello doblado y alas
blancas que nada en los lagos y cuentos. En su mirada -reflejo de mis
espejos- se retrataban las aves que, al verla, le enviaban recuerdos
de aquella ocasión en que bajo las ramas de un árbol de frutas rojas y
azules, quedamos atados por siempre al hechizo de una promesa.
Cuando la conocí por primera vez, supe al instante
que había hallado todas las cosas que nunca había buscado. Abrazados
los dos al olvido, fue tanto el silencio dentro del ruido de nuestros
miedos, que los dos besos que puse en sus mejillas sonaban a miedo.
Miedo de no ser cierto, de ser un espejismo, un eclipse sobre la
tierra.
A veces la veía trazar un arco en el cielo desde
las calles oscuras de mi pueblo triste y pobre. Ella bajaba desde las
nubes para tomarme las manos, enlazar nuestros dedos y nuestros ojos.
Entonces entendía por qué a los seres alados les dicen ángeles. Pero
no era un ángel. Se llamaba Misterio, y yo le decía Cisne. Después de
contarme leyendas sobre volcanes y montañas a donde suben los hombres
para ver qué otras montañas hay del otro lado, se quedaba callada. Muy
quieta, con su ausencia tatuada en la pared de viejas tablas de la
choza en que había vivido toda mi vida.
Las otras personas del pueblo escuchaban con miedo
detrás de su puerta cuando ella rondaba por las noches buscando su
comida. Buscaba entre las rendijas, sobre los techos, bajo las
piedras. Buscaba, buscaba. Cuando no hallaba qué comer, venía de
vuelta a mis brazos, y con sus dientes preciosos como perlas que
siempre estaban tan afilados, sangraba despacio mi cuello. Me devoraba
sin prisa, y en esos momentos mi corazón sonreía dichoso al saberme su
presa.
Su mente en mi mente pintaba sobre una tela todos
los colores de la fantasía en que seguíamos viviendo. No entiendo cómo
sería la vida sin morirla de nuevo en sus brazos. Y cada tarde,
después de que el sol se hacía una raya con el horizonte, nosotros
hacíamos llorar a las madres por la pérdida de sus hijos. Hijos que
nunca volvían del campo de juegos, de la escuela oscura y húmeda,
hijos que sabían a sangre salada, a besos de miedo.
Trescientos años pasaron como agua sin freno,
colándose entre los arroyos del tiempo y del sueño. Mi pueblo se
inundó para siempre de olvido y silencio. Uno a uno los habitantes se
fueron marchando, buscaron en el valle otra vida, sin miedo a lo
desconocido. Se habían convertido en un pueblo sin niños, sin tierra y
sin noches tranquilas. Sólo una casa quedó sobre la montaña. Apenas es
visible a través de las nubes cuando la noche no es tan oscura como en
las pesadillas. A veces, la gente cree que ve volar dos sombras que
juegan por todo el aire. En las noches de luna llena, las puedes mirar
con cuidado desde las ventanas muy bien cerradas de tu casa. Pero
trata de no llamar su atención. ¿Alcanzas a ver más allá de tus ojos?
Si quieres, prende una vela negra y ponla en el suelo en el rincón de
tu cuarto, entonces intenta jugar a volar con tu sombra, y justo
cuando el cansancio te abra la mente más allá de lo que es visible,
verás como mi Cisne y yo llegaremos hasta tu lado y nos beberemos
completa toda tu sangre, gota tras gota, hasta agotar tus recuerdos.

EL SECRETO DE LA PIRÁMIDE
Julio Edgar Méndez
Bajo las ramas de un árbol muy viejo, que parece un
guardián, se encuentra una casa que guarda un secreto. La gente le
dice la casa de la pirámide.
Era una casa muy vieja y grandota con un patio en
el frente y diez ventanas que parecían ojos mirando a todo el que se
animaba a asomarse entre las rejas cubiertas de ramas. En medio del
patio había una fuente en forma de pirámide y llena de dibujos como
escritura antigua, o a lo mejor era escritura antigua que parecían
dibujos. El color de la fachada era de mucha tristeza, también los
arbustos y árboles eran de un verde que de tan oscuro, le daban a todo
el lugar un aire de abandono y soledad. La gente evitaba mirar hacia
la casa al pasar por ahí. Nadie hablaba con los habitantes de la casa
de la pirámide, ni recuerdo haber visto a nadie antes de aquel día. El
día en que conocí a Bianca.
Yo había cumplido diez años semanas antes, lo
recuerdo muy bien porque fue la última vez que tuve fiesta con piñata,
payasos y toda la cosa. Ese día del que hablo andaba paseando en mi
bicicleta muy veloz, dale que dale a los pedales, subiendo y bajando
banquetas, igual que tú cuando andas en tu bicicleta, pensando que la
bici era un avión, cuando de pronto ¡zas!, me fui a estrellar directo
contra la reja de la casona. Del golpazo se abrió la reja de par en
par y fui a dar de sopetón dentro del patio. Por unos segundos –así me
pareció- me quedé tirado en suelo; se me nubló la vista y cuando pude
ver bien, ya estaba junto a mí una niña a quién no conocía.
Era más o menos de mi edad. Me miraba con una
sonrisa pero sin burlarse, ya sabes, cuando uno se cae, todo mundo se
ríe de nosotros, pero ella no se reía, sonreía. La niña tenía los ojos
de un color extraño, entre verde y amarillo, cejas grandes y rubias,
rubias como los chinos cabellos que medio se mantenían en su lugar
gracias a un moño enorme en la cabeza. Su vestido y zapatos estaban
muy viejos pero se veían finos, toda ella se veía sucia pero no fea ni
desagradable, sino más bien como si viniera de un lugar lleno de
polvo. Me levanté del suelo, me sacudí la ropa y vi mi rodilla con
tremenda rotura en el pantalón y una mancha de sangre que empezaba a
ponerse oscura. Mi mamá se iba a enojar mucho cuando viera cómo había
ensuciado la ropa nueva. Además de que mi bici seguramente estaría
igual de maltratada.
Mientras pensaba qué historia le iba a inventar
para que no me castigara, me aguanté el dolor que sentía ahora menos
fuerte para que la niña no pensara que yo era un chillón. Pero ella me
tomó la mano y me hizo señas de que me sentara en la fuente, junto a
la pirámide. Ahí me lavó con el agua fría la rodilla y me parece
recordar que en ese momento se me olvidaron todas las ideas, yo la
miraba con ojos de bobo, los ojos le brillaban con la luz del sol que
le daba de frente, su piel era tan blanca que parecía transparente.
Ella no hablaba palabra alguna, pero era fácil entenderla, como cuando
me pidió que la siguiera hacia dentro de la casa. Yo no tenía miedo,
pero sí me puse medio nervioso al seguirla. Caminé cojeando por el
dolor en mi rodilla, pero ella me tomó de la mano y entonces la
acompañé. ¿A ti no te gusta que te tomen de la mano? A mí sí. Sus
dedos estaban fríos, eran delgados, muy suaves, como las manos de
mamá.
Subimos los escalones de la puerta de la casa y la
niña abrió la puerta que aunque se veía vieja, no hizo ruido. Yo
esperaba escuchar a la puerta rechinar como en las películas de
misterio, chirrrr. Entramos y había un pasillo largo con paredes de
madera hasta la mitad y tapiz de papel hasta el techo. Sobre el tapiz
había unas como pinturas, parecían dibujos de días de campo junto al
río, los personajes eran faunos, unicornios, hadas, pegasos y otros
seres de fantasía difíciles de reconocer sin quedarse a verlos por
mucho rato. ¿Tú conoces más seres de fantasía que yo? Luego
atravesamos el pasillo de prisa, dejando atrás la puerta abierta. Iba
tan embobado viendo las paredes, que no escuché el ruido que hizo la
puerta al cerrarse sola de nuevo. Llegamos a la sala principal; debido
a la luz que entraba por las ventanas, las que por fuera de la casa
parecían ojos, había un arcoiris sobre las paredes. La chimenea estaba
en medio del gran cuarto. También en estos muros había seres de
fantasía pintados sobre el tapiz. Los muebles eran antiguos, como los
de la casa de mis abuelos. La luz de las lámparas era muy débil
todavía, parecía como si no quisieran alumbrar la casa. Un enorme
reloj de péndulo, de esos que seguramente has visto en los museos,
estaba muy quieto, no se movía y no sonaba. Era el objeto más notorio
de la sala. Había además dos escaleras que subían hacia el segundo
piso, cada una en los extremos de la sala y en medio del techo, que yo
veía muy, muy lejos, estaba un enorme candil cubierto de telarañas.
Sobre una mesita llena de polvo, la niña escribió con su dedo la
palabra “Bianca”. Se me quedó viendo con ojos de pregunta. No le dije
mi nombre, todavía tenía pena. Entonces ella, muy educada, me dio la
mano e hizo una corta reverencia. Me reí y le dije: “¿Te llamas
Bianca?”, movió su carita de arriba hacia abajo diciendo que sí,
“mucho gusto señorita”, le dije, ella se rió y volvió a inclinarse un
poco. Enseguida corrió hacia una de las dos escaleras y yo la seguí.
Subió muy rápido, o tal vez debido a que yo cojeaba por mi rodilla,
así me pareció. Cuando llegó arriba, comenzó a correr casi rozando las
paredes del pasillo y acercándose peligrosamente al barandal. Se
ocultaba de pronto detrás de alguna maceta llena con plantas
gigantescas y se aparecía con su carita haciendo señas de que no
hablara. No podía imitarla porque a mí me habían enseñado a no
portarme mal en otras casas, porque en mi casa sí me portaba mal a
veces, igual que tú y cualquier niño o niña cuando se aburre. Bianca
siguió corriendo a través del pasillo lleno de puertas cerradas y de
vez en cuando se ponía a escuchar pegada a las paredes. Parecía que no
quería despertar a los seres de fantasía pintados en los tapices.
Me quedé quieto sin saber qué hacer, aquello no era
muy divertido y ya tenía ganas de volver a mi casa, para que mi mamá
me consintiera y curara la rodilla. Así que le dije: “Bianca, ya me
voy porque en mi casa me están esperando”. Se puso muy quieta y su
cara muy triste, los ojos se le llenaron de lágrimas que resbalaban
por las mejillas dejando manchas sobre su carita llena de polvo. Con
sus ojos llorosos y levantando las manitas me decía: “¿por qué?”. Sólo
repetí lo mismo y giré hacia las escaleras para bajar lo más rápido
posible y salir antes de que me hiciera llorar ahí mismo enfrente de
ella, ya sabes que cuando vemos a alguien llorar, nos dan ganas de
hacerlo nosotros también. Además, ¿te imaginas qué mal se vería llorar
frente a una niña?
En el primer escalón volví la cabeza para
despedirme de ella y ya no había nadie. El pasillo estaba vacío, las
puertas de los cuartos seguían cerradas, el silencio era total y una
sensación de que algo extraño pasaba, me puso nervioso. Ya no había
luz en las lámparas, las que estaban llenas de telarañas. Miré hacia
todos lados, pero no la vi de nuevo. Mi miedo me decía: “¡corre!”,
pero mi corazón esperaba verla aparecer detrás de alguna maceta, o
debajo de alguna silla, pero las macetas y las sillas se veían
completamente vacías. Seguí bajando las escaleras y no recordaba que
tuviera tantos escalones, parecía que bajaba hasta muy lejos. Ahora
veía por primera vez que las paredes estaban llenas de cuadros,
retratos de muchas personas vestidos con ropa antigua, caras
desconocidas cuyos ojos parecían seguir mis pisadas.
En el primer descanso de la escalera, que al subir
tampoco había notado, había un gran espejo con marco dorado. Seguí
bajando las escaleras para llegar ahí y apenas me daba cuenta de que
ahora ya tampoco había luz en las ventanas, sólo una lucecita borrosa
como de sueño alumbraba mi camino, empezaba a sentir más miedo, me
dolía la rodilla y ahora también la cabeza. Me sudaban las manos y se
me pegaban al barandal lleno de telarañas. Di otro paso, me dio más
dolor, bajé otro escalón y la escalera seguía sin terminar, a mis
espaldas comenzaban a sonar ruidos raros, como de muchos insectos
caminando sobre las paredes y el piso. Ruido de puertas que se abrían
despacio, ruido de pisadas lejanas. Seguía bajando y no quería mirar
más que los peldaños, ya no sabía si era la escalera o era mi miedo
sobre lo que pisaba, porque mis zapatos se me salían de los pies, las
agujetas estaban sueltas, mis calcetas caían hacia el suelo, no las
subí, no quería detenerme más, quería salir, quería gritar, pero mi
garganta estaba llena de silencios secos, como cuando tienes tos y tu
voz suena toda rasposa.
El candil lleno de telarañas se estaba moviendo y
rechinaba mientras iba de un lado al otro y yo no quería voltear hacia
arriba para ver qué lo hacía moverse, ni tampoco quería mirar quién le
daba cuerda al reloj de la sala que empezaba a sonar, tic tac, tic tac,
tic tac. Cada vez que oía el tic tac y el rechinido del candil, las
puertas que ahora se abrían y cerraban, me daba más miedo. En eso,
comencé a escuchar la voz de una niña, el eco atravesaba las paredes
de un lado al otro, parecía meterse entre los dibujos de los invitados
al día de campo. Entre los faunos, las hadas, los unicornios, esa voz
decía mi nombre, decía el nombre que yo no le había dicho: “Alex…”
decía en un susurro, “Alex…”. Bajé otro escalón y otro escalón y otro
escalón, la escalera parecía no terminar nunca, sentí de pronto un
beso helado sobre mi mejilla, una risa infantil detrás de mí bajando
la escalera, ya no veía ahora más que mis pies que bajaban como si
subieran de nuevo. Al fin llegué al descanso de la escalera y no
quería mirar el espejo enorme con marco dorado, no quería mirar lo que
estaba reflejado. Me daba miedo voltear. Una voz infantil dijo de
pronto muy bajito: “mira, no tengas miedo”, “mira, Alex”, “mira…”, así
que miré.
Ahí, en aquél enorme espejo, no había nada. Polvo
sobre más polvo, pero no había imagen alguna. Podía ver el reflejo del
barandal de las escaleras, las ventanas con las viejas cortinas más al
fondo, pero nada más. Solté una carcajada de nervios y miedo y quise
seguir bajando cuando de nuevo la voz infantil me dijo: “mira…”,
volteé hacia el espejo otra vez y ahí, junto a mi cara toda
escurriendo de sangre, mi rodilla con el pantalón roto y mi ropa sucia
de tierra rojiza, estaba Bianca, la niña, pálida, cubierta de polvo,
abrazada por telarañas, Bianca mi amiga, la de ojos color extraño,
entre verdes y amarillos. Se puso un dedo sobre la boca y me dijo muy
quedito: “no vayas a hacer mucho ruido, Alex, porque los demás se
molestan con los que acaban de llegar a esta casa y no saben que ya
están muertos… como tú”.

Espero que
esta pequeña muestra haya sido de tu agrado. Si
tienes interés en leer más
cuentos de mi autoría, sólo
envíame un email y con gusto te los haré llegar.
Vale.
Julio Edgar
Méndez
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