Julio Edgar Méndez

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 CUENTOS DE JULIO EDGAR MENDEZ

NARRACIONES

 

 

   

 

AL COMPÁS DEL CARRITO

Julio Edgar Méndez

Comencemos de nuevo con un cliché: la noche estaba oscura como boca de lobo. Y también olía igual. A sangre, a muerte, a heces, a perro en descomposición.

El hombre del carrito de supermercado no entiende porqué las estrellas abundan en el cielo y no en sus ojos cuando se mira reflejado en los cristales de las tiendas. No conoce al ser del espejo, ni advierte un hilo de saliva que resbala por la comisura de sus labios al igual que sus ilusiones. El hombre del carrito, el hombre sin nombre ni apellido, que lleva entre tantas chucherías dos derrotas envueltas en papel celofán: la derrota de haber nacido y la de seguir existiendo. Camina y camina y camina sin dejar de hacerlo ni cuando se orina en los pantalones, ni cuando llora por no recordar porqué llora. Mira hacia el suelo siempre, sin darse cuenta de que es el suelo el único que le devuelve la mirada. Un zapato es distinto al otro, su mundo es distinto al de los demás, pero ambos igual de miserables, con hoyos que dejan pasar el frio que, como amante irredenta, viene a poseerle a todas horas. La noche siempre es más noche cuando pasea su carrito entre las orillas marginadas de la ciudad y no le importan los perros que le tiran piedras, ni los compañeros de infortunio que le ladran para hacerle saber que también ellos cargan un carrito lleno de esperanzas rotas.

Recuerda a veces que una como risa le secaba los labios, los mismos que ahora llenos de grietas apenas se abren al balbuceo de incoherencias, saludar a las aves y maldecir a las nubes por tapar el sol, cuando es el sol el que no le quiere alumbrar. Sólo la luna lo recibe en su recámara, se deja amar, besar como si en cada beso entrara vida y saliera más vida, tocar con dedos de locura para sentirse tan cuerdo como cuerdo puede estar el amar con la mente nublada de tanto amar. Se mueve al compás del carrito y el carrito se mueve con él, se le abandona en las manos al capitán conocedor de mares infestados de ratas, bichos y humanos peor que ratas, quien con su timón de inconsciencia y la brújula que nunca apunta a la realidad, navega un destino predestinado por su Creador. Y no es que él no creyera en Dios, sino fue Dios quien no creyó en él y lo mandó al infierno del carrito, a pagar la culpa de nacer humano. Por sus ojos pasan imágenes difusas en profusión discordante: una boca húmeda que le besa el rostro, risas de alegría que se confunden con carcajadas disonantes envueltas en el eco de paredes color verde pálido y personas con batas blancas que a golpes le introducen pastillas en la boca. Nada es real en su entorno, nada es presente ni pasado, porque de la misma manera abundan en su mente fotos de cadáveres destrozados, gritos de dolor tan intenso como si fueran los gritos de la humanidad pariendo más seres como él. Gritos que anuncian al alba toda la pena de sabernos cómplices de Dios.

Atraviesa otra ciudad y presiente que ha llegado a la meta, allá en la región menos transparente, donde los sueños no alcanzan ni al techo de escombros, donde la miseria es un enjambre de balas cargadas de más miseria y se disparan a media noche para dejar en el aire un eco de gritos de angustia, el hombre del carrito, sin nombre ni apellido, sin padre ni madre, sin patria que lo cobije ni amigo que le diga amigo a pesar de ser siempre una mentira, no entiende porqué las estrellas abundan en el cielo y ahora el cielo parece abundar en él, ni tampoco siente el hedor que como navaja corta el aire inundando el basurero inmundo lleno de perros, ratas y bichos que vienen a cenar los despojos de carne fresca, carne sin sueños, carne atada con alambre de púas a un carrito de supermercado.

 

“LA CASA QUE ARDE DE NOCHE”

Julio Edgar Méndez

“Cuando se llega por primera vez no se

sabe por dónde entrar ni por dónde salir...”

Ricardo Garibay.

La Casa Que Arde De Noche.

Vejada, desnuda, con los ojos abiertos como ventanas que apestan a mar. Ana ya no tiene vida, tiene la boca inflamada, los labios manchados de sexo y cigarros, dos manos rasposas, recuerdo brumoso de agua caliente, jabón fuerte, tarja plateada, horario de esclava. Ana ya no tiene secretos, los lleva a la vista de todos como medallón, el seno derecho con moretones y fósiles de mordidas de dientes lascivos. Sobre las mejillas las rayas negras del rímel se extienden hacia abajo como su destino. Entre los muslos sin depilar, todavía el esperma testigo le quema con más odio que los cigarrillos dejados a medio morir sobre su piel. Desde sus labios hasta el mentón y resbalándose por su cuello, la sangre se niega a dejar de fluir, se niega a dejar de burlarse de esta mujer casi anciana a sus veinte años, recuerdo de su último encuentro en donde la golpiza se la mereció por ser una incompetente cualquiera. Con ese último jalón de cabellos y una risotada que aún retumba sobre las almohadas, el cliente se fue sin pagar y sin voltear una sola vez a mirarle la cara, el rostro de niña bonita que alguna vez le devolvieran los espejos de una casita perdida entre las faldas de una montaña. Para los hombres ella es sólo un agujero, un depósito donde vaciar la frustración de no poder encontrar quien sienta por ellos lo que ellos no saben sentir por nadie.

Entre las paredes del cuarto de paso, se filtran todas las aguas de amargura que ni las telarañas resisten. En cada cuarteadura, en cada mancha, en cada pedazo de yeso testigo, Ana reconoce un trozo de hilo de memorias. Una historia deshilvanada que a retazos remendados con dolor le dicen que es una más de esas, cuyas historias siempre terminan antes de empezar. Afuera, la noche se pinta de día y ella se pinta de ausencia. Se olvida de todo, se cuelga del sueño y se muere hasta que le avisen que ya hay cliente. Vuelve a mirarse al espejo, intenta despellejarse en el baño para ver si así se desprende de los olores de los animales a quienes suele llevar a pastar a su cama, a comer de su carne, a beber de sus pechos, a meterle en el alma toda la suciedad que no sabe ni cómo decirles que para ella no es nada. Para ella son sólo dinero, la diferencia entre creer que se vive mañana y morirse pasado mañana. Medio se arregla la cara, mientras más intenso el color, menos rostro para que toquen, para que rasguen, para que le escupan todas aquellas palabras con las cuales sus clientes intentan demostrar que son muy hombres, palabras tan huecas, palabras tan falsas, palabras que alguna vez escucharon en labios de otras palabras, como papá, como mamá, como amigo, como amiga. Se arregla la ropa interior, un pedazo de tela incoloro, lavado a mano en la regadera, al fin que sólo lo usa para decir que usa algo encima.

El tipo se llama cliente y se apellida quinientos, le dicen. Pasa con timidez, la mira y ella no se da cuenta, en ese momento en la mente de Ana alguien le grita: “hijita, vente a dormir”. No oye la voz del muchacho diciendo que es su primera vez, no oye su risa infantil cuando le toca los senos, no mira los ojos del niño llenarse de un nuevo color, el color del deseo, el color de ya soy hombre y ya puedo meterle mi angustia a una mujer entre el calor de sus piernas. No importa, de todas maneras para ella aquel chico es sólo un pedazo de carne de curso legal. El muchacho ni cuenta se da de que ella tiene moretones en el pecho y el rostro, él sólo se acopla con torpeza al cuerpo de Ana, la mujer, la niña perdida entre el andamiaje de prostitución y teatro nocturno revuelto con farsa pintada de drama corriente, como película chafa de barrios hechisos en los estudios Churubusco. A ella la hubieran hecho heroína en el nuevo cine mexicano, lástima que la vida real es menos interesante. El jovenzuelo termina antes de que ella termine de recordar qué demonios sucede con la puta realidad de las putas. Así es con cada fulano, mengano, paisano venido del norte, siempre terminan y ella ni siquiera comienza a sentir el asco de seis años atrás, asco de sentirse colchón de medio uso, asco de haber sido preñada tres veces sin tener ni la más puta idea cuál fue el arma homicida, asco de ver en el suelo tres bultos informes cubiertos de sangre, tres fardos insoportables para quien nunca se pudo soportar ni a sí misma. Y es que para Ana la vida no existe, es sólo soñar en demonios diciendo: “hijita, vente a acostar”.

Otra mañana sin hambre, otra mañana con sueño infinito, y luego, la oscuridad, la misma maldita nocturna rutina desde los catorce años, cuando llegó a esta casa que arde de noche y suelta humo de día. Humo de los sueños perdidos de todas las mujeres a quienes el alma se les escapa por no poder soportar a los cuerpos en donde se albergan. Yace la misma Ana de hace años en posición de bebé, la única pose en donde aún el calor de su cuerpo es solamente suyo sin compartir, yace con las manos entre las piernas, con la boca abierta y la saliva mojando la cama, yace con los ojos tristes y bellos más cerrados que el mundo que nunca le dio acceso a otra vida, los ojos que nunca vieron sus clientes, ojos que hubieran podido decir todo el amor capaz de otorgar a quien tan sólo hubiese alguna vez preguntado más allá de las estúpidas frases de sexo. Ojos que ahora navegan un mar estrellado perdido en algún rincón de la infancia de quien nunca supo lo que era estar viva, ni sabe ahora tampoco lo que es estar muerta.

 

SUPONGAMOS QUE HABLO DE TI

Julio Edgar Méndez

Dicen que el muerto es más bien un cliché de la muerte, pero a todos alguna vez se les ha subido en el pecho, dejando en el alma un sabor a cansancio, a sueño en tonalidades color sepia, a siniestras historias contadas bajo la luz de una vela.

Supongamos por un momento que la luz no se filtra por la ventana, una claridad mortecina nos llega de quién sabe donde, nuestros ojos contemplan pesadamente como a través de neblina y el ruido que ataca al silencio se escucha con un eco de paredes antiguas en donde rebotan aquellos fantasmas compañeros nuestros durante la infancia. Supongamos que hablo de ti.

Cuando esa noche te fuiste a la cama, lo que menos pensabas era en pedirle a tu ángel guardián que velara tu sueño. Más bien al contrario, guardaste bajo la almohada bien oculta a los ojos de tu madre, esa revista de hirsutas malevolencias preñadas de esperma vaciada en el no siempre tan grato proceso de honrarte manualmente la salud desmedida que a veces te llega cuando menos lo esperas. Pensabas que llegando el silencio de tus vecinos parientes, sin hacer mucho ruido prenderías tu linterna de pilas, harías una casa de citas entre tus cobijas y te cenarías con los ojos a la más disoluta fotografía que dijera soy tuya. En el silencio candente bajo el portal de lujuria en que te guarecías de la lluvia de ausencia de dama, escuchaste de pronto un gemido. No era tuyo, a menos que tu voz se hubiera adelgazado de tanto callado requiebro. Detuviste tu amante egoísmo para poner atención otra vez a la noche. Nada. Ni un sonido, ni un motivo para dejar de volver al trabajo. Ahora desde la foto te devuelven una sonrisa y tú la llenas de baba sin que ella objete nada ni mueva sus ojos clavados en los tuyos. La miras más fijamente, te empieza a sudar todo el cuerpo y un vaho comienza a inundar tu recámara. Ella sonríe, sonríe con esa mirada lasciva y torva en que ahora recapacitas. Su foto ya no es una hoja pegada a tu mano, es ahora calor, tersura en tus dedos, su cuerpo comienza a rozar con el tuyo, lo sientes, lo tocas, lo aspiras, te sabe a sal, a saliva, a miel tierna color a miel, sus ojos ahora están frente a tus ojos, su cabello se enreda en tus mejillas, sus labios te oprimen y gimen despacio, ese era el sonido que años atrás escuchaste, sus dientes se clavan en tu cuello y muerden tu espanto, tu miembro ya no es sólo tuyo, es ahora el presente perfecto de esta retórica salvaje donde la selva de tus sábanas huele a madera, a ríos fragantes de sexo, a experiencia mortal combinada con noche de estreno.

Supongamos que entonces recuerdas que estás en tu casa, bajo techo, más sólo que la soledad de estar solo y entonces despiertas. La noche es callada, serena, tibia y adormilada por cada rincón de tu cuarto. En tus manos no hay ni revista ni senos. Estabas soñando, estabas debajo del muerto.

 

GUERRERO

Julio Edgar Méndez

Por segundo día, un grupo de mujeres solteras provenientes de Zihuatanejo

se desnudaron protestando afuera de Casa Guerrero para exigir una audiencia

con el gobernador además de pedir apoyos para proyectos productivos.”

El Correo de Guanajuato.

Nadie sabe lo que pasa por su mente, pero algo pasa. Los senos al aire catapultados por la gravedad, las nalgas y lonjas formando rollizas circunstancias de protesta, el pelo negro, castaño, rojizo, de paja color paja, de trenzas, con moños, con frustración olor a shampoo no más lágrimas, pero siempre hay más, más, y más aún cuando hay que enseñar las miserias para llamar la atención. Una se tapa la cabeza con una playera made in china que reza como anuncio de ocasión: Pendejos del Mundo, ¡Uníos! Aquella mujer dejó la cintura en el delantal percudido de salsas infinitas de agujeros negros donde se coló un día el olvido. A esa otra le vale que la vean y desafía con el arma correcta al mundo que se olvidó de girar para ellas: dos pezones rodeados de copas tamaño martini doble on the rocks; las chanclas vociferantes cuelgan siniestramente de la mano idem y la necesaria aunque cara botella de agua Bonafont de la diestra sin título cinco dedos para tomar líquidos salitrosos rellenos de minerales. Seis sombras nada más, mientras al fondo el portón enseña en sus dientes la leyenda GUERRERO. Pero las guerreras son ellas, y aguerridas y güevudas exigen lo que no exigen los diputados, sus derechos. El derecho a pedir una izquierda, el derecho a tener derecho, el derecho recuerdo que por no poder quedarse derecho, se quedó en el cajón de retratos de amores clasificados como archivo muerto. Número tres es la dirección de la calle y son tres los dedos del compañero perdido en acción, perdido en la acción de ser cuerdo. Más loco que la locura de encuerarse en protesta por los derechos de las madres solteras. ¿Oyes güey?, Madres solteras, aquí nadie quiere ver tu perinolilla, y porque andes en silla de ruedas no te sientas minusválido, que ser pendejo no es enfermedad. Sin sostén se declaran madres, a puras madres declaran que nadie las sostiene, nadie le atiza a esa olla de orgullo barro moreno, mujeres cuya esperanza ni siquiera deviene en ilusiones de alguna vez devorar de amor al amor que merezca compartir su vida.

Él se llama Jorge. Es gay. Otro que viene a sumarse a la campaña de peticiones sólo para que vean que a sus senos tampoco los tienen que sostener. Ella se llama Clara, es madre soltera de tres, dice que fue por amor. Las miradas convergen oblicuas como ascuas. Entre las mujeres desnudas, Clara es la más agraciada, todavía tiene cintura. Languidece de sol quemante, de ansias quemantes, de llenarse de un hombre quemante, de quemarse atravesada por lanzas como la de Jorge. Y Jorge la sigue mirando. Su miembro también protesta y erecto reclama lo que por renuncia voluntaria le han negado, mientras que la pasividad motelera bajo traileros dieciocho ruedas ha sido constante aunque a veces renuente. Todas siguen gritando: ¡abajo los de arriba!, ¡mueran los vivos!, ¡chinguen a su madre los diputados! Y Jorge no grita, se desgañita en un vano intento de enfriar la caldera que a una cuarta del ombligo despide un vaho de ganas de treparse a la clara curvatura de la madre de tres. Y Clara se aclara la vista para borrar aunque sea un poco la visión de un cuerpo fresco y duro, un cuerpo veinte años menor que el que ella porta para esta protesta. Las miradas relinchan ahora mientras las nubes se apartan de pronto ayudadas por un vientecito cálido que agita las palmeras. Los autos siguen desfilando como hormigas sin carga. Las hormigas suenan bocinas, los tripulantes y pasajeros se unen a los gritos y mentadas, unos a favor, otros a favor, ¡pinche congreso de mierda! Chilpancingo se vuelve un Chilpanchingo de gente sumándose a las mujeres sin sostén, madres desesperadas, atoradas en la modernidad de no hallar empleo ni de puta, porque hasta esa oportunidad se les fue. Ahora hay que saber trepar tubos y aventar hielos desde la catapulta del pubis. A lo lejos, las montañas se tiñen de colores vespertinos. El mar comienza ahora a escucharse sobre la metralla de mentadas. Un mar cansado de ir y venir, de subir a la playa a lamerle arenillas con la esperanza de desbastar su indiferencia. Un perro aulla, pero no hace ruido, nadie lo oye. Jorge se acerca contundente hasta Clara, le dicta la receta infalible para hornear un sexo cachondo, de cuates, de compañeros de desgracia, de soledades vertientes agazapadas por noches más noches cuando empiezan al borde de una cama inundada de ausencias. Ella se llama Clara, le dice, clara como un amanecer juntos. Él se llama Jorge, no sabe ni para qué se lo dice, ese nombre no lo ha usado desde los catorce años. Tampoco ha usado la causa de esta sensación inesperada. Ella lo intuye y lo asimila con ojos repletos de inexperiencia que sabe a dureza, a horas de goce, a fluidos que surgen de protesta bajo el calor de Guerrero, a sal y pimienta dispuestas a darle gusto al gusto de sacar al menos algo en concreto de todo este desmadre. Anochece por fin, nadie salió a recibir el pliego petitorio de las madres sin sostén, pero ya lograron su cometido, las fotos darán la vuelta al mundo, Foxilandia se desgaja a golpe de pendejadas verbales, incompetencias, deslealtades, traiciones a los que menos tienen ni tendrán. Pero a la orilla de la carretera, bajo las hojas gigantescas del follaje brutal que cobija a la patria chica, dos siluetas arremeten una contra otra y viceversa. Prueban por primera vez a qué sabe protestar desnudos a favor del sueño de meterse en el cuerpo de otro, de acariciar toda la periferia de una piel que se entrega caliente, dispuesta, con gozo. Y que chinge a su madre el Congreso.

 

NOCHES DE VIAGRA

Julio Edgar Méndez

Era el nocturno chipote de arrebol enguantado. Era el cacique blasfemo que abundaba en ocasos. Era un hijueputa que siempre mantuvo el orgullo; y esa noche en que conoció a su suerte, la horma de la vida le encajó dos pesares en el alma. No era suya la chica, ni podría cumplirle si acaso lograra seducir el polvo agarrotado de la jaula de esa ave tan joven, tan deseada. Todo el peso de una vida en blanco y negro se le vino encima cuando ella le habló del big brother, de Limp Bizquit, del anime y la manga, ¡qué chido es antrear con la banda aunque a veces esté de güeva!

Ella tenía pareja, él ya tenía hasta nietos, pero el calor de los cuerpos es un termostato sin ojos. Ella empujando sus diecinueve con todo el ímpetu de sus senos erguidos y él arrastrando sesentaypico con cuerdas y clavos de hambre de vida, ginseng y vaselina. Pero el deseo apretujado entre ponchis-ponchis y soles e indios no perdona al más tieso. Era una noche propicia -¿hay de otras?-, era la sal de su alma, la piel del durazno, era tan chica, tan bella, eran sus ojos, sus labios de plumas abiertas al infinito horizonte de cama maldita. Todas sus décadas juntas querían hacer nido entre las piernas endurecidas de la mujer casi niña a quien su novio miraba con ojos de briago sin chispa.

El muchachito no era competencia para este lobo feroz de mares extintos, catador de Riojas y ladillas; recuerdos ganados en tantas batallas de sábanas frías que él había encendido a fuerza de besos y embrujos de hombre con todas las mañas sabidas y si no, inventadas.

Sería curiosidad, sería el alcohol, sería el bulto imprudente que trepidaba a cada salto adolescente o el hambre en las pupilas gastadas de ver tantos y tantas; pero la chica aceptó la propuesta. Su joven galán ni se inmutó con el bye de su pareja, ya estaba acostumbrado a los gustos cambiantes y arteros adioses de su novia. Sólo una advertencia le hizo: -¡No vayas a matar al viejito!

Las orejas le zumbaron al sesentón y la cara se le llenó de roja tinta de odio.

-¡Hijo de la chingada!- pensó -cuando te la devuelva ya no la llenas ni con todos tus cuates juntos.

Salieron en busca de lo que hallaron: él su destino, ella su farsa. Cabalgaron la noche en un auto que fue de lujo hace veinte años, el orgullo de los Del Tubo. En el motel de segunda los miraron con ojos de sueño y reproche.

-Pinche viejo cachondo- murmuró por lo bajo el portero -a ver si esta morra no lo deja muerto en la cama.

Gritos destemplados y falsos gemidos de puta pagada salieron de la tele cuando encendieron las luces del cuarto. Las atenuaron y mientras la paloma se quitaba las plumas sin más trámite que sus ganas y sus alcoholes, nuestro Don Juan pedía una botella de a medio. Tinto no había y a ella le daba lo mismo, así que fue de ron el pomo.

Él era seductor de oficio; ella una ignorante por puro gusto. La alcanzó en la cama justo antes de que ella tirara la última pluma de tela que le cubría apenas lo que con alegría atisbaba entre piernas. La abrazó, la besó en la frente, le lamió los párpados, le sorbió los labios. Sabía a cigarro, a sudor, a espanto de mujer ante un hombre con ojos sin prisa. Fue su instrumento en ese concierto de sexo, fue su delicia, fue la noche robada al futuro que no volvería. Mil vueltas le dieron al ruedo, cien sombras les mandó la mustia luna para cubrirlos, esa madrugada inventaron su propia utopía, una historia de cuentos contados a ras de un colchón.

Espero que esta pequeña muestra haya sido de tu agrado. Si tienes interés en leer más cuentos de mi autoría, sólo envíame un email y con gusto te los haré llegar.

Vale.

Julio Edgar Méndez

 

   
         

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